Lluvia. Es lo primero que oigo cuando despierto. Miles de gotitas aporreando el cristal de la ventana. Suspiro. Odio levantarme, no me acostaría nunca con tal de no levantarme. Con un poco de ánimo sacado de ninguna parte, me levanté y me dirigí a la cocina. La cena de ayer todavía estaba en la mesa. Tiré a la basura la mayoría de las cosas, y guarde en la despensa el resto. Desayuné un café muy cargado, y dos galletas integrales. Subí a mi cuarto desesperadamente a buscar un cigarrillo, pero no lo encontré. Muchas palabrotas después, me vestí con unos vaqueros medio rotos, mis All Star grises y una sudadera. Seguía lloviendo, pero no me llevé paraguas. Deambulé durante horas y horas, o quizás solo dos minutos, hasta que encontré un estanco. Compré una cajetilla y un mechero y salí a la calle. La lluvia seguía imperturbable sobre la ciudad. Llegué a casa en seguida, apagué todas las luces y me senté en la silla de la cocina, observando las baldosas. Varios minutos después, encendí un cigarrillo. Lo miré largamente antes de llevarmelo a la boca. Aspiré lentamente. Uno, dos tres, cuatro. Solte el humo muy despacio. Ya podía sentir quejarse a mis pulmones. Me acabe el cigarrilo unos instantes después, y entonces me dió un ataque de tos. Me caí de la silla, y me doblé por la mitad. Ya no podía respirar. Estuve unos segundos así, hasta que finalmente saqué mi inhalador del bolsillo. No quería hacerlo. Así era feliz. Sin preocupaciones. Pero sin embargo, aspiré con fuerza. Estuve horas tirado en el suelo de la cocina. De repente, unos golpes interrumpieron el silencio. Fui a la puerta y al abrir, la encontre. Lo supe en seguida; aquella melena larguisima con mechones rubios, esos ojos color miel, que también parecieron reconocerme, sus labios carnosos, entreabiertos en una sonrisa, el perfume embriagador que desprendía, unas piernas interminables... Me enamoré de ella al instante. Se impuso el silencio entre nosotros, pero nuestros ojos no dejaron de hablar. La invité a pasar con un gesto, y se sentó en el sillón. Había salido el sol mientras estaba en la cocina, y ahora le daba en plena cara a ella, convirtiendola en lo más bonito que había visto jamás. Necesitaba oir su voz, así que cogí fuerzas y dije:
-Yo soy Jack.- Me senté en el borde del sofá, lo más cerca de ella que pude.
- Amy. -Su voz era preciosa. Dulce, melodiosa, te acariciaba el oido.
Quería tocarla, abrazarla, besarla. Quería vivir.
-Yo.. Bueno yo... En realidad venía porque se me acaba de romper el coche...
-Oh claro.. ¿Quieres que vaya a verlo? A lo mejor así te ahorras la grua.
Amy hizo un gesto de asentimiento, timido y agradecido. Necesitaba tocarla. Salímos los dos a la calle, y vi un ford bastante grande, de color cielo. Supe que era el suyo. Abrí el capó intentando averiguar qué le había pasado al coche. No vi nada raro, así que fui a arrancar el coche, pero no pude. Se le había estropeado la batería. Bajé del coche para decirselo, cuando de repente, se abalanzó sobre mi. Automaticamente, mi mano encontro su lugar en su espalda, y mi otra mano le acarició el pelo. Abrazarla era aun mejor de lo que imaginaba.
-Por fin.-Susurró
No quería separarla de mi nunca, quería estar eternamente en aquellos brazos. De pronto, noté una suave caricia de sus labios en mi cuello. Se me erizó todo el vello. Busqué su cuello, perdido como estaba entre aquella maravillosa cascada de pelo. No encontré su cuello, sino sus labios. Antes de besarla, le miré a los ojos, y caí a un abismo de amor. Me perdí durante una milésima de segundo entre toda aquella miel que tenía en los ojos, pero supe que sería para siempre. La besé con dulzura, con desesperación, con urgencia, con amor, con pasión, y con ganas de eternidad.
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