lunes, 18 de junio de 2012

Capítulo 0


Nunca pensé que terminaría yéndome de esta ciudad. Londres había sido mi amiga, me había cuidado, y me había protegido. Ahora podía sentir su espíritu rogando que me fuera. Acabe de hacer la maleta y me puse el chaquetón impermeable. A pesar de que esta semana no había llovido, hoy unos nubarrones grandes y negros se acercaban ellos también para despedirme. Eché un último vistazo a mi cuarto, que había sido mi refugio durante todo un año. A pesar de que todo estaba en la maleta y el salón estaba repleto de cajas con mis cosas, esa habitación seguía siendo mía. Había algo en el olor, en la luz o en la ausencia de ella que indicaba que esa habitación me pertenecía, 
y seguiría siendo así por mucho tiempo. Fui recorriendo la casa acariciando la pared, sintiendo cómo cada fibra de mi ser se estremecía al pensar en dejar aquella casa. Mi hogar. Tras un suspiro, y una última comprobación del cierre de puertas y ventanas, salí a la calle. El frío me mordió la piel, llevándose el olor de la casa que había en mí.  Con pasos lentos y pesados, fui arrastrando la maleta hasta la estación, donde tras comprar el billete, me instalé en un banco, dispuesto a esperar al tren. Después de una eternidad, o quizás apenas un segundo después, mis pensamientos hicieron el mundo demasiado grande como para que yo solo pudiera sujetarlo, así que para tener la mente ocupada, me acerqué a un pequeño supermercado donde vendían prácticamente de todo. Después de una vuelta, terminé delante de una pequeñísima estantería en la cual reposaban una quincena de libros distintos. Decidí comprar Grandes esperanzas ya que ese tipo de lectura siempre ha conseguido evadirme. También me llevé una barrita energética y un refresco. Me dirigía a mi banco cuando vi que una chica ya se había apoderado de él. No creo que fuese casualidad, porque disponía de un montón de bancos alrededor, pero se sentó en el mío. Fue una tontería, pero de verdad que pensé que por cosas así merecía la pena conocer gente nueva. Finalmente me senté en el banco que estaba pegado a su espalda, de manera que sí quería podía mirarle a la cara, y pedirle que no dejara que me marchase. Suspiré. A veces no pienso más que tonterías. Al final empecé a leer el libro y a sumergirme en una realidad paralela, mientras pensaba en qué me he equivocado, para hasta que la Londres deje de quererme. No tardo mucho el hallar la respuesta, pero viendo el efecto que podría tener en mi. Dejé a un lado esas ideas y de paso abrí el refresco. La verdad es que estaba asqueroso, pero me lo bebí entero de un trago, porque así podría mantener un pedacito de Londres dentro de mí un rato más.

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