lunes, 18 de junio de 2012
Capítulo 4
Abro los ojos y me encuentro con la sonrisa de Amy. Sigue dormida. La luz del sol envidia su pelo. Sin hacer movimientos bruscos, y haciendo el minimo ruido posible, voy a por mi camara y la fotografío desde todos los ángulos posibles. El único motivo por el que dejo de hacerlo, es por que mi cámara anuncia que no tiene bateria. Pero cuando duerme está preciosa, así que cojo mi bloc de dibujo y empiezo a dibujarla lo mejor que puedo. Ya casi tengo el dibujo completado cuando Amy se empieza a despertar. Busca algo con la mano, y al ver que no lo encuentra la sonrisa se le borra del rostro. Me estaba buscando a mi, comprendo. Me acerco sigilosamente a la cama y me tumbo otra vez. La mano de Amy en seguida me encuentra y yo la abrazo sin despertarla. Mientras duerme está preciosa. De repente me acuerdo de mi hathor. Observo el interior de mi muñeca izquierda, donde ayer a estas horas estaba un reluciente tatuaje negro formado por espirales, curvas y lineas rectas. Ahora la tinta no es tan brillante, y los contornos no son tan definidos. Una vez encontrada a tu pareja, los hathor se van reduciendo hasta que quedan en nada. Todo el mundo nace con uno, pero no todo el mundo muere sin uno. Amy se despierta, ya vuelve a sonreír en todo su esplendor. La beso, y siento que se me va la vida en ello. Desayunamos juntos y luego ella se va a su casa. Con la promesa de vernos pronto, y medio corazón menos, me despido de ella. Ahora no se que hacer. Empiezo a componer con el bajo. Para ella, por ella. Notas graves, agudas, melodias sin sentido, pero muy sentidas. Después de algo más de hora y media, no puedo soportar más tiempo y le llamo. Cuantro largos tonos después:
-Hey.- Suspiro de alivio al oir su voz.
-Te he echado de menos.
-Y yo.
Se hace una pausa, nada incomoda. Entonces me lanzo.
-Amy...Ven a vivir conmigo.
-¿En serio?
-No bromearía con algo así.
-Solo quería asegurarme de que no estaba soñando... Necesitaré ayuda.
Cuelgo y en apenas un cuarto de hora estoy en su casa. La fachada es roja y tiene unos grandes ventanales, que dan al edificio el aspecto de una casa de muñecas. Subo por las escaleras hasta encontrar su piso, 4B. La puerta está abierta, y da paso a un salon gigante e inundado de colores. Al más puro estilo américano la cocina ocupa la esquina que hay en frente de mi. Las únicas paredes que hay son las que supongo que conducen al baño y a la habitación de Amy. Me dirijo hacia allí, y abro una puerta blanca. El cuarto de Amy es precioso. La pared azul cielo, con unas luces de navidad y palabras y fotos por todas partes. Aunque supongo que lo mejor de la habitación de Amy es la propia Amy. Esta de espaldas, y aun no me ha visto. Se ha recogido descuidadamente el pelo con una goma y esta llenando una caja con libros y CDs. Parece que hago ruido, o simplemente nota mi presencia porque se gira y me sonríe. Ojalá pudiese parar el mundo en este momento.
-Eres el fuego artificial más bonito que he visto en toda mi vida.
-¿Porque? ¿Un fuego artificial?
Sonrío antes de responderle, supongo que aun no le he hablado de todas mis teorías absurdas. Le hago un gesto para que se ponga comoda y me siento en la cama. Parece dudarlo un momento pero enseguida corre a acurrucarse entre mis brazos, así que cuando por fin respondo, lo hago en susurros.
-Creo que todas las vidas son como un fuego artificial. Naces de nada, vas subiendo y subiendo hasta que mueres. Hay vidas largas, cortas, bonitas, sencillas, feas, complicadas. Fuegos de los que todo el mundo se acuerda, y fuegos que la gente solo recuerda como un mero ruido. Yo era ruido y tu eres el fuego artificial más bonito que he visto en toda mi vida.
Le beso y no puedo evitar preguntarme como he podido vivir sin ella. Porque estaba convencido en que nunca volvería a querer a nadie así. Bueno, realmente, nunca he querido a nadie así. El resto de la tarde es como una estrella fugaz, solo recuerdo pequeños fragmentos. Yo observando a Amy recoger, yo bromeando con Amy, yo recogiendo todas las cajas para llevarlas al salón, yo besando a Amy, subiendolo todo al coche, y llevandolo a mi casa. A nuestra casa. No deshicimos ni una caja, estabamos cansados, y nos tumbamos en el sofa con palomitas y una peli. Cuando Amy se durmió, cerca ya de las tres de la madrugada, la llevé a nuestra cama, y intenté encontrar lugar para todas sus cosas. Y con las que no supe que hacer, simplemente las puse sobre estanterías. Quería que al despertar, lo hiciese en su casa. Ansiaba empezar esta nueva vida, costase lo que costase. Por un momento, era completamente feliz. Nada me preocupaba mientras viese a Amy dormir con esa sonrisa suya en los labios. Por un momento, casi olvidé tomarme mis pastillas. Ya había olvidado dos dosis, y no quiero saber que pasaría si olvidaba la tercera. Sonreí y después de la pastilla me metí en la cama con Amy, dispuesto a soñar toda la vida.
Capítulo 3
Amy y yo estabamos abrazados en el sofá, hablando sobre nosotros en el pasado. Y construyendo silenciosamente un maravilloso futuro juntos. Yo se lo conté todo de mi.
Me llamo Jack. Tengo 19 años, mi cumpleaños es el 23 de Abril. Nací y crecí en Fuiggi, un pequeño pueblo de Italia, a dos horas de Roma. Era un pueblecito muy pequeño, y no se puede decir que hubiese muchos niños de mi edad. Mi padre tiene una tienda de música allí, así que me enseñó a tocar el piano. Con respecto a mi madre... Digamos que nunca fui su favorito. Mi hermano mayor, Chris, me enseñó a tocar el bajo. En mi noveno cumpleaños, me regalaron una cámara digital. Es ahí donde empezó mi pasión por la fotografía. No llegué a pegar el estirón hasta casi cumplir los 15, aunque ahora ya mido un poco más de 1'80. Mi madre es de Liverpool, por eso hablo inglés y adoro a los Beatles. Aunque no más que a Coldplay, porque tengo tendencia a la depresión. No se puede decir que sean muy alegres. Tengo asma desde casi siempre, pero no me suelo cuidar mucho. De hecho cuando me deprimo fumo, y paso horas tirado en el suelo sin poder respirar bien.
En ese momento paro de hablar porque veo que Amy está llorando. El corazón se me encoge.
-¿Por que lloras?
- Sabías a tabaco. Hoy has fumado. ¿De verdad quieres morir?
Se le rompe la voz al decir morir. No puedo soportarlo.
-No. Ya no. Nunca más. -Susurro, porque he perdido la voz.
La abrazo y deja de llorar y puedo volver a sentir que mi corazón esta latiendo. Ya es bastante tarde, y ni siquiera hemos pedido la grua. Yo no como nada desde el desayuno, y teniendo en cuenta que ayer no cené, es mejor que vaya haciendo algo. Llama a la grua mientras yo preparo la cena. Recurriedo a mis raices italianas, hago unos ravioli con nata y frutos secos, y pongo la mesa. En el último momento, pongo un par de velas encima de la mesa. Cuando entra en el comedor, la luz de las velas le da un toque encantador a su pelo. Empezamos a comer. Yo casi no hablo, simplemente escucho. Podría escucharla durante horas y horas, y seguría pareciendome la voz más dulce de todas. Cerca de media hora después, el desagradable sonido del timbre retumba por toda la casa. A regañadientes, voy a ver quien es, y recuerdo su coche estropeado. A penas cinco minutos después, interminables para mi, ya estoy otra vez sentado delante de ella, observando sus ojos, su nariz, sus labios, bajando por la curva de su cuello, y perdiendome en su pelo. Acabamos la cena, y le llevo al estudio, donde me pide que le toque algo. Me siento en el taburete, y emiezo una dulce melodía inventada, pero que es en todos los sentidos, una parte de mi y de ella. Se entretiene observando los libros que adornan las paredes, se para a observar algunos, sonríe ante otros, y lee alguna pequeña de frase de otros pocos. Se detiene muchísimo rato ante mi bajo, lo toca, lo sospesa, y luego lo vuelve a dejar donde estaba. Yo sigo con la melodía, cada vez tocada con más suavidad. Amy se acerca a mi lentamente, y me abraza por detrás. Pierdo la concentración casi de inmediato, pero intento seguir tocando el piano. Me resulta completamente imposible cuando me da un ligero beso en el cuello. Me giro y la veo contemplandome, con una sonrisa marcada a fuego en el rostro, y, sin poder evitarlo, le beso. Cuando quiero darme cuenta, ya estamos los dos en mi cama, besandonos. Ni siquiera sé como he llegado hasta aquí. Ya no llevo camiseta. Miro a Amy. Esta insegura. Yo también. Ya se que es ella, pero aun así, la he conocido hoy. Oigo los latidos de Amy a una velocidad increible.
-Sabes que no tenemos porqué hacerlo... ¿Verdad?- Le susurro
- Quiero hacerlo. Pero no creo que sea el momento...
La abrazo fuerte, como si no la fuese a soltar nunca, y nos tapo a los dos con las sabanas. Creo que hace años que no dormía tan bien.
Capítulo 2
Lluvia. Es lo primero que oigo cuando despierto. Miles de gotitas aporreando el cristal de la ventana. Suspiro. Odio levantarme, no me acostaría nunca con tal de no levantarme. Con un poco de ánimo sacado de ninguna parte, me levanté y me dirigí a la cocina. La cena de ayer todavía estaba en la mesa. Tiré a la basura la mayoría de las cosas, y guarde en la despensa el resto. Desayuné un café muy cargado, y dos galletas integrales. Subí a mi cuarto desesperadamente a buscar un cigarrillo, pero no lo encontré. Muchas palabrotas después, me vestí con unos vaqueros medio rotos, mis All Star grises y una sudadera. Seguía lloviendo, pero no me llevé paraguas. Deambulé durante horas y horas, o quizás solo dos minutos, hasta que encontré un estanco. Compré una cajetilla y un mechero y salí a la calle. La lluvia seguía imperturbable sobre la ciudad. Llegué a casa en seguida, apagué todas las luces y me senté en la silla de la cocina, observando las baldosas. Varios minutos después, encendí un cigarrillo. Lo miré largamente antes de llevarmelo a la boca. Aspiré lentamente. Uno, dos tres, cuatro. Solte el humo muy despacio. Ya podía sentir quejarse a mis pulmones. Me acabe el cigarrilo unos instantes después, y entonces me dió un ataque de tos. Me caí de la silla, y me doblé por la mitad. Ya no podía respirar. Estuve unos segundos así, hasta que finalmente saqué mi inhalador del bolsillo. No quería hacerlo. Así era feliz. Sin preocupaciones. Pero sin embargo, aspiré con fuerza. Estuve horas tirado en el suelo de la cocina. De repente, unos golpes interrumpieron el silencio. Fui a la puerta y al abrir, la encontre. Lo supe en seguida; aquella melena larguisima con mechones rubios, esos ojos color miel, que también parecieron reconocerme, sus labios carnosos, entreabiertos en una sonrisa, el perfume embriagador que desprendía, unas piernas interminables... Me enamoré de ella al instante. Se impuso el silencio entre nosotros, pero nuestros ojos no dejaron de hablar. La invité a pasar con un gesto, y se sentó en el sillón. Había salido el sol mientras estaba en la cocina, y ahora le daba en plena cara a ella, convirtiendola en lo más bonito que había visto jamás. Necesitaba oir su voz, así que cogí fuerzas y dije:
-Yo soy Jack.- Me senté en el borde del sofá, lo más cerca de ella que pude.
- Amy. -Su voz era preciosa. Dulce, melodiosa, te acariciaba el oido.
Quería tocarla, abrazarla, besarla. Quería vivir.
-Yo.. Bueno yo... En realidad venía porque se me acaba de romper el coche...
-Oh claro.. ¿Quieres que vaya a verlo? A lo mejor así te ahorras la grua.
Amy hizo un gesto de asentimiento, timido y agradecido. Necesitaba tocarla. Salímos los dos a la calle, y vi un ford bastante grande, de color cielo. Supe que era el suyo. Abrí el capó intentando averiguar qué le había pasado al coche. No vi nada raro, así que fui a arrancar el coche, pero no pude. Se le había estropeado la batería. Bajé del coche para decirselo, cuando de repente, se abalanzó sobre mi. Automaticamente, mi mano encontro su lugar en su espalda, y mi otra mano le acarició el pelo. Abrazarla era aun mejor de lo que imaginaba.
-Por fin.-Susurró
No quería separarla de mi nunca, quería estar eternamente en aquellos brazos. De pronto, noté una suave caricia de sus labios en mi cuello. Se me erizó todo el vello. Busqué su cuello, perdido como estaba entre aquella maravillosa cascada de pelo. No encontré su cuello, sino sus labios. Antes de besarla, le miré a los ojos, y caí a un abismo de amor. Me perdí durante una milésima de segundo entre toda aquella miel que tenía en los ojos, pero supe que sería para siempre. La besé con dulzura, con desesperación, con urgencia, con amor, con pasión, y con ganas de eternidad.
Capítulo 1
Por fin. Siempre había soñado con este momento. El momento de llegar a Londres. Entro a mi nuevo hogar, una vieja casa cerca del centro. El número 481. Siempre me ha gustado el 4, esperemos que me de suerte en mi nueva vida. Saco la llave de mi bolsillo izquierdo y la meto con cuidado en la cerradura. Me encantan estos pequeños momentos, de descubrir un lugar nuevo, de disfrutar de tonterías. Finalmente, abro la puerta y después de la oleada de polvo que viene a recibirme, puedo ver con claridad mi casa. En el recibidor un pequeño montón de folletos de publicidad muy variados y una pila de cajas con mis pertenencias básicas. Siguiendo, la escalera ascendía y me tentaba a subir, pero me resistí y merodeé por el piso de abajo. El salón, tenía un sofá algo viejo pero que parecía muy cómodo. En frente el mueble del televisor, con espacio para miles de libros. Una lámpara y una mesita de café era todo lo que había que ver allí, Siguiendo mis instintos, encontré la cocina. Un espacio muy grande, quizás un poco más que el salón. Sin duda, había sido reformada hace muy poco, ya que todos los muebles eran nuevos y estaban más o menos relucientes. La dueña de la casa me había dejado incluso una cafetera. Después de un pasillo que parecía no terminar nunca, encontré un pequeño aseo, y lo más importante, justo al otro lado del salón un estudio con un piano que tenía pinta de haber vivido amores, dramas, comedias y todo tipo de alegrías y problemas. Posé mis manos sobre el teclado y tocando una sencilla melodía, me sentí realmente mejor de lo que me había sentido en toda mi vida. Decidí por fin encaminarme hacia el piso de arriba, donde después de entrar en un baño y una habitación vacía, encontré la que sin duda alguna sería mi habitación. Era más o menos grande, con las paredes pintadas de verde. Una cama de matrimonio al fondo, un gran ventanal con vista hacia las nubes, un escritorio con cajones llenos de sueños e ilusiones, y un armario nuevo era lo que había dentro, pero yo vi mucho más. Empecé a desempaquetar las cajas, poniendo cada cosa en su lugar, y una vez tenía a mano lo de primera necesidad, comencé a limpiar. Con la música a todo volumen, me propuse cumplir mis sueños e insuflarle un poco de vida a la casa. Acabé con las estancias principales y después de coger dinero y abrigo, me dirigí a la calle para encontrar algo de comida. Después de un agradable paseo, encontré un supermercado 24 horas, y haciendo una pequeña lista mental, compre muchísima comida, la que me haría falta, la que no, la que simplemente me apetecía comprar. Compré bebidas, compré lo necesario para el aseo personal, compré una película, palomitas y un bol. Supongo que la gente me veía raro, alguien de aspecto tan joven como yo, comprando aquella cantidad salvaje de cosas para la casa. Después de un largo camino cargado con millones de bolsas, y de la ardua tarea de ordenar toda la compra, me di por satisfecho, y encendí el portátil. Saqué mi Reflex de la mochila, y comencé a hacer fotos por toda la casa. Fotografié hasta el último detalle, bajo mi objetivo no escapo ni siquiera una mota de polvo. Las descargué todas en el ordenador, y las copié a una carpeta que llamé “Día 1”. Amaba la fotografía. Era incapaz de vivir sin ella. A pesar de que había oscurecido completamente, y que llevaba todo el día trabajando, por lo que tendría que estar durmiendo, acabe de instalar las últimas cosas para sentirme como en casa. Instalé la impresora nueva que me habían traído, coloqué fotografías que había hecho yo por toda la casa, y colgué algún que otro poster en mi cuarto. Después bajé al estudio y puse allí mi bajo. Una reciente adquisición, regalo de cumpleaños. Recordé el piano, y como mi padre me había enseñado muchos años antes, comencé a afinarlo dulcemente. Una vez cumplida mi tarea, empecé a darle vida a una nueva melodía. Primero dulcemente, acordes simples, después fui complicando la melodía, hasta que finalmente la obra se componía de artimañas entre manos y piano. Aporreaba las teclas sin darme cuenta, y sin darme cuenta también, empecé a llorar. Me tumbé en la cama a dormir sin probar la comida comprada, sin desvestirme, sin ganas de nada. Finalmente conseguí dormirme en una especie de duermevela intranquilo, del que despertaba sin cesar.
Capítulo 0
Nunca pensé que terminaría yéndome de esta ciudad. Londres había sido mi amiga, me había cuidado, y me había protegido. Ahora podía sentir su espíritu rogando que me fuera. Acabe de hacer la maleta y me puse el chaquetón impermeable. A pesar de que esta semana no había llovido, hoy unos nubarrones grandes y negros se acercaban ellos también para despedirme. Eché un último vistazo a mi cuarto, que había sido mi refugio durante todo un año. A pesar de que todo estaba en la maleta y el salón estaba repleto de cajas con mis cosas, esa habitación seguía siendo mía. Había algo en el olor, en la luz o en la ausencia de ella que indicaba que esa habitación me pertenecía,
y seguiría siendo así por mucho tiempo. Fui recorriendo la casa acariciando la pared, sintiendo cómo cada fibra de mi ser se estremecía al pensar en dejar aquella casa. Mi hogar. Tras un suspiro, y una última comprobación del cierre de puertas y ventanas, salí a la calle. El frío me mordió la piel, llevándose el olor de la casa que había en mí. Con pasos lentos y pesados, fui arrastrando la maleta hasta la estación, donde tras comprar el billete, me instalé en un banco, dispuesto a esperar al tren. Después de una eternidad, o quizás apenas un segundo después, mis pensamientos hicieron el mundo demasiado grande como para que yo solo pudiera sujetarlo, así que para tener la mente ocupada, me acerqué a un pequeño supermercado donde vendían prácticamente de todo. Después de una vuelta, terminé delante de una pequeñísima estantería en la cual reposaban una quincena de libros distintos. Decidí comprar Grandes esperanzas ya que ese tipo de lectura siempre ha conseguido evadirme. También me llevé una barrita energética y un refresco. Me dirigía a mi banco cuando vi que una chica ya se había apoderado de él. No creo que fuese casualidad, porque disponía de un montón de bancos alrededor, pero se sentó en el mío. Fue una tontería, pero de verdad que pensé que por cosas así merecía la pena conocer gente nueva. Finalmente me senté en el banco que estaba pegado a su espalda, de manera que sí quería podía mirarle a la cara, y pedirle que no dejara que me marchase. Suspiré. A veces no pienso más que tonterías. Al final empecé a leer el libro y a sumergirme en una realidad paralela, mientras pensaba en qué me he equivocado, para hasta que la Londres deje de quererme. No tardo mucho el hallar la respuesta, pero viendo el efecto que podría tener en mi. Dejé a un lado esas ideas y de paso abrí el refresco. La verdad es que estaba asqueroso, pero me lo bebí entero de un trago, porque así podría mantener un pedacito de Londres dentro de mí un rato más.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)